Hace unos meses el Gobierno afirmó “España va como nunca” alegando haber reducido a un tercio el fracaso escolar. Hoy PISA arroja una debacle en resultados educativos. Cuando se utilizan indicadores que disimulan la realidad, el problema no desaparece; solo se vuelve más difícil de corregir.
Algo similar ocurre con la gestión de la crisis de Ceuta: el relato oficial intenta imponerse a unos hechos cada vez más tozudos. A propósito de PISA y de Ceuta reflexiono sobre el peligro que tiene la brecha entre realidad gubernamental y realidad ciudadana, entre dato y relato, entre hechos y comunicación.
“Medir mal no es fracasar menos”. Lo escribí hace unos meses a propósito de la evaluación triunfalista que hacía un miembro del Gobierno afirmando que España había reducido a un tercio su fracaso escolar.
Llamé a aquello “evaluación pos-verdadera”, pues se apoyaba en un dato tramposo. Si se rebajan las exigencias para que el alumno pase de curso, el índice de fracaso escolar bajará; pero no porque más alumnos obtengan mejores resultados, sino porque se hace la vista gorda con quienes no los obtienen.
Hoy, meses después de aquella afirmación, el informe PISA señala una debacle: España queda por debajo de la media de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, con caídas especialmente acusadas en comprensión lectora y matemáticas, y con algunos de los peores resultados de la serie histórica.
Cuando se trabaja con evaluaciones pos-verdaderas, se produce una brecha entre la realidad que viven los ciudadanos y la realidad que quiere ver quien les gobierna.
En esta evaluación pos-verdadera de la realidad está también una explicación de la gestión gubernamental de la crisis de Ceuta. El Gobierno lleva meses tratando de crear su realidad, y de que los ciudadanos se la crean:
- Intenta proyectar imagen de control, pero hoy, casi mes y medio después, todavía hay incertidumbre sobre cuántas personas permanecen allí.
- Escenifica normalidad institucional, pero la realidad muestra fracturas entre los ministerios que son clave para resolver la crisis.
- Señala enemigos que le son cómodos, pero informes policiales le obligan a retirar la acusación.
- Evita hablar con claridad de la dimensión diplomática del problema, y con ello solo logra levantar sospechas.
Mientras tanto, la realidad de Ceuta se muestra tozuda: tensión en las calles, presión sobre los servicios asistenciales, y una sensación creciente de inseguridad y desbordamiento.
PISA y Ceuta hablan de la misma fragilidad: la de una política pública que opta por administrar el relato antes que por afrontar el dato. Pero los datos tarde o temprano vuelven. Y cuando lo hacen, no solo ponen al desnudo una política pública, sino también la autenticidad de quienes la explicaron.
La cuestión no es si España puede permitirse malos resultados en PISA o una mala gestión de la crisis de Ceuta. La cuestión es si puede permitirse seguir llamando avance a lo que retrocede, normalidad a lo que desborda y control a lo que claramente se ha ido de las manos.