Conversar en Verdad

En contextos de posverdad se pierde el respeto por las palabras

El deterioro del lenguaje

He tenido la oportunidad de charlar con Marisa Cruz, de Diario El Mundo, para un reportaje que está preparando sobre el deterioro institucional, y que será publicado con motivo del aniversario de las elecciones del próximo 23 de julio. Mi reflexión apunta que hay un deterioro previo al institucional: el deterioro del lenguaje.

Es cuestión institucional poner el acento en el lenguaje. Se podría decir que el lenguaje es la primera infraestructura de la vida democrática: permite nombrar la realidad, discrepar, deliberar, pactar, prometer, rectificar y rendir cuentas.

En contextos de posverdad se pierde el respeto por las palabras, que dejan de ser un espacio común y pasan a ser armas de parte. Las palabras se usan menos para describir y más para descalificar; menos para comprender y más para movilizar; menos para buscar la verdad y más para organizar identidades enfrentadas.

Así, términos como “bloqueo”, “golpe”, “fango”, “facha”, “traidor”, “lawfare” o “progreso” se cargan de intención partidista y pierden capacidad descriptiva. Se cae en la inflación verbal y se pierde precisión semántica: todo es “histórico”, “inédito”, “ataque”, “emergencia”, “extremista”, “conspiración” o “traición”. Como consecuencia, cuesta distinguir entre una discrepancia, una anomalía, una crisis y una quiebra institucional real.

El deterioro del lenguaje afecta a cada institución de un modo distinto, pero con un mismo patrón: les quita su función propia.

Al Parlamento le quita deliberación.
A la Justicia le quita apariencia de imparcialidad.
Al Ejecutivo le quita voz institucional.
A los partidos les quita capacidad de representación.
A la Administración le quita claridad y servicio.
A los reguladores les quita autoridad arbitral.
A los medios les quita función mediadora.
A la ciudadanía le quita conversación común.

Esta advertencia es la que hizo León XIV cuando llamó a las Cortes españolas a “desarmar la palabra”.

La cuestión no es si debemos rebajar el conflicto, pues la democracia necesita conflicto, crítica y oposición. La cuestión es si todavía contamos con un lenguaje común y respetado, capaz de convertir el desacuerdo en deliberación, la diferencia en conversación y la palabra pública en responsabilidad.

Antes de quebrarse las instituciones, lo que se quiebra es el lenguaje que las sostiene. Y quizá una de las tareas más urgentes de nuestra vida pública sea precisamente esta: volver a tratar la palabra como un bien común, no como munición política.

Translate »
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad